Algunos días le concedo mi certeza emocional al evento astronómico en turno, lo cual no sólo me facilita ubicarme en tiempo y espacio sino que puedo dejar de excavar en la primer grieta mental que me encuentre. Así lo he hecho en esta última semana, de otra manera me encontraría más de tres veces al día al borde del abismo, de ir a esperarte a la salida y dar la cara por calmar esta ansia de saber si soy el único extremo del lazo que sigue soñando un aroma que no es el mío.
En esta época ya existe un nombre y una catalogación para casi todo comportamiento humano, y para lo que no es porque suele ser tan poco entendible, tan aborrecible acaso, que es mejor no moverle, dejarlo ahí, innombrable, cuasi olvidado. ¿Cuál será el nombre para nuestro comportamiento? Éste que es una mezcla de estocolmo con heridas de abandono y dos pizcas de autoengaño, éste que confundido por la ternura se transformó en una intimidad pública y a la vez con menos pruebas fidedignas de su existencia.
Las noches de esta última semana me ha vuelto también la pregunta de qué habrá pasado con tu reproducción de nuestra foto, si aun existe sobre tu mesa de noche o si ya es historia del reciclado municipal. A veces quiero llorar entre esa pregunta y las respuestas que me doy, pero no puedo por más que mi enorme cuerpo se inunda de tristeza; esas veces que no puedo, algún perro vecino aulla como para calmar mi corazón, que también es de perro.
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