Salí a buscar el tren, y sólo me encontré con hoyos; hoyos en el pavimento, todos ellos contenedores de agua, y nubes llenas de agua también, con hoyos entre sí mismas para dejar pasar al sol; hoyos de cercas que buscan protegerse no sé de quien y hoyos en la señal del radio cada que pasas a lado de un sitio que dirijan los Miled.
Salí a buscar el tren y sólo encontré a vigilantes molestos, a cochistas ajetreados y a obreros que no desean ser molestados en su hora de almorzar. Del tren nada.
Seguí las vías en uno y otro sentido, di quince o más vueltas en "u" esperando que entre tanta vuelta el tren de repente apareciera. Me estacioné por varios minutos en otros varios lugares, igual, esperando escuchar un silbato que no fuera el del poli de tránsito, pero nada, no llegaba. Pensé que sería lo nublado del cielo, o tal vez que los domingos el tren, como muchos, también se guarda a descansar. Entre mi espera, dos policías detuvieron su patrulla al frente mío, y supongo que también esperaban que hiciera yo algo; salí a buscar al tren porque me dijeron que para saber de eso, hay que ir a la zona industrial, a sentirlo, a que te muerda un perro, pero nunca vi un can rondando la zona del tren. Creo que en todo caso, el único que soltaría una mordida sería yo si los polis me aseguraban que no podía pasar tanto tiempo esperando allí.
Esperé tanto como pude, pero me ganaron las ansias, unas ansias que se alimentaron del espanto que le da a la gente cuando ven salir una cámara, y mejor me fui.
Y la lluvia, ya toda desesperada, se soltó encima mío como diciéndome que ya era hora de venirme a casa. Durante el camino al que llaman "de vuelta", escuché un silbato, y sólo fue cosa de buscar el sonido en un espejo retrovisor para materializarlo en tren.